El opresor y el oprimido: ¿categorías dialécticas lógicas? Homenaje a Paulo Freire1

Carlos Alberto Torres

Currículo: doctor en Educación para el Desarrollo Internacional por la Universidad de Stanford. Profesor de Ciencias sociales y Educación comparada en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA). En 1991, en colaboración con varios colegas, fundó el Instituto Paulo Freire y actualmente es su director fundador en la Escuela de Graduados en Educación y Estudios de la Información de la UCLA. Funge como presidente del Consejo Mundial de Sociedades de Educación Comparada. Ha escrito más de 60 libros y casi 200 artículos y capítulos. Sus líneas de investigación abordan la sociología política de la educación, impacto de la globalización sobre la enseñanza primaria y secundaria, sociología política de educación para adultos, vida y obra de Paulo Freire, entre otras.

Recibido: 23 de enero de 2015. Aceptado para su publicación: 4 de mayo de 2015.

Recuperado de: https://sinectica.iteso.mx/index.php/SINECTICA/article/view/587

Una de las excentricidades de la profesión histórica consiste en su tradicional tendencia a explicar sucesos muy complicados mediante fórmulas muy sencillas

David Gilmour

He leído atentamente el intercambio de correos electrónicos llevado a cabo entre muchos de ustedes al respecto de las categorías de opresor y de oprimido y su vigencia hoy en día. Déjenme aportar algunos puntos a esta discusión.

Por mi parte, no hay duda de que opresión, explotación, discriminación y dominación constituyen elementos propios de la vida humana que, de hecho, experimentamos de un modo u otro casi a diario. Asimismo, tampoco dudo de que recurrir a distinciones maniqueas puede llevar a simplificaciones innecesarias que arrojen más oscuridad que luz sobre los temas a tratar. Es cierto que hacemos uso de nociones como verdad y falsedad como términos antónimos, a pesar de que, al mismo tiempo, resulte muy difícil definir exactamente y, por tanto, verificar con total precisión qué es verdadero y qué no lo es en prácticamente cada narrativa o en cada acto. Ésta es la base que permite hablar sobre representaciones y que constituye la premisa básica de la realidad como construcción social –de ahí la responsabilidad lingüística en la filosofía contemporánea.

Puede concluirse, sin embargo, que la única alternativa pasaría, de nuevo en el ámbito de lo que parece ser una opción maniquea, primero, por definir la veracidad como el hecho de disponer meramente de un grado de verosimilitud, y segundo, por definir la falsedad como algo que es posible demostrar de manera concluyente como incierto. El problema de esta estrategia consiste en que es posible probar que algo es falso, pero no demostrar con certeza que es verdadero. Consideren el siguiente enunciado: “James no tiene hijos”. Cualquiera que sepa que James tiene tres hijos, por el hecho de haberlos conocido en una fiesta familiar, podría considerar falso dicho enunciado. Puede sostenerse, no obstante, que no sabemos en verdad cuántos (otros) niños puede tener James. En realidad, ignoramos si hemos conocido a todos sus hijos o de cuántos hijos ha sido padre a lo largo de toda su vida. Esto es así porque no podemos saberlo todo sobre él (por ejemplo, podría haber tenido un hijo en su adolescencia y haberse desentendido de él y de la madre, en cuyo caso conoceríamos sólo una parte de la historia). Por consiguiente, tendría mayor verosimilitud sostener que James tiene “al menos tres hijos”.

En esta misma línea, Karl Popper intentó enfrentar este complejo problema de carácter epistemológico afirmando que es posible refutar la proposición que científicamente no es cierta y defender la que parece ser verdadera (en la medida en que resulta verosímil) siempre y cuando no refutemos esta última con otra que resulte con claridad más verosímil ni podamos ofrecer firmes argumentos contra ella por el hecho de haber hallado pruebas de que su aparente verdad y autenticidad no era tal. Esto explica que en la perspectiva popperiana las proposiciones verdaderas se sometan a un perpetuo ciclo de proposición, impugnación e invalidación, para empezar de nuevo con una proposición mejor, y así de manera sucesiva.

Estos asuntos de lógica y filosofía resultan pertinentes a la cuestión planteada, a pesar de que su gran complejidad haga extremadamente complejo tratar de resumirlas aquí y de saber que no les estoy haciendo justicia. Las categorías están al servicio del análisis, pero deberían ser razonablemente lógicas, razonablemente distintas (en el sentido de una categoría diferenciada, es decir, que sea idéntica a sí misma al tiempo que diferente de cualquier otra), no contradictorias entre ellas (por ejemplo, no es posible considerarse opresor y semiopresor al mismo tiempo y en el mismo ámbito de la experiencia humana) y razonablemente probables (por ejemplo, que puedan ser confirmadas y también refutadas).

Desde que he empezado defendiendo la premisa de que las categorías no deben ser maniqueas, esto es, o blancas o negras, uno puede sentir la tentación de pensar precisamente que la distinción freireana entre opresor y oprimido resulta maniquea y con ello llegar a desecharla. Por supuesto, no quiero aquí dedicar tiempo atacando al maniqueísmo. Con la excepción (la gran excepción) de lo que ocurre con el pensamiento religioso, muy pocas personas del ámbito científico defenderían que la única opción posible de analizar la realidad es mediante categorías maniqueas.

También, debo señalar que la experiencia religiosa puede ser analizada científicamente, y de ahí mi libro y muchos otros libros de sociología de la religión. Por desgracia, las creencias religiosas no son científicas en sí mismas, sino sólo creencias. Que todos necesitemos creencias no basta para justificar el hecho de que algunas creencias se apoderen de y guíen la vida social o espiritual sin ninguna preocupación por la evidencia acerca de cuáles son las dinámicas, las raíces y las direcciones reales de esa misma vida social o espiritual. Se puede argumentar, como ya lo hizo Freud, que algunas de las formas de religiosidad (puede que todas) no responden más que a una neurosis obsesiva.

Argüir que las categorías de Freire son maniqueas podría ser fundamentalmente un error, porque estas categorías nos llevan a un análisis dialéctico, teniendo en cuenta que unas categorías se convierten en otras en el análisis de la experiencia moral, ética y cognitiva de los individuos, las colectividades, las culturas, etcétera, incluso si los individuos no reconocen este hecho. La praxis es la única cosa en la que cristaliza la verdad de la proposición, y no sólo la percepción de la praxis o el análisis de la praxis como diferenciada de la propia experiencia. Por supuesto, al lado nos encontramos con el dilema de lo que es la praxis real y cómo analizarla.

Dicho esto, vuelvo a la premisa básica de mi análisis. Todos experimentamos, de un modo u otro, una sensación de injusticia, una sensación de maltrato en manos de otra persona, tanto si se trata de opresiones sutiles como si se alude a una opresión evidente, abierta y objetiva (el síndrome de la mujer maltratada, el hombre inocente al que se le despide falsamente acusado de robar en el trabajo, el buen conductor que recibe una multa por equivocación). Hay, sin embargo, un desafío en relación con la escala que se incorpora al análisis, tanto en los casos individuales (una multa de tráfico injusta) como en los casos colectivos (en determinadas ciudades la policía emite la mayor cantidad de multas posible como medio para sacar provecho de los impuestos de los visitantes sin experiencia); tanto en los casos en los que se da un crimen de odio como en el Holocausto o en una “limpieza étnica” y el asesinato en masa en Bosnia o Dunfor.

Al tiempo que este desafío de escala no puede reducir la gravedad de la acción moralmente contingente, las acciones contingentes masivas que perjudican a un gran número de personas requieren respuestas más urgentes para evitar que sucedan. Esta sensación de urgencia no puede librarnos de explicaciones morales a actos inmorales perpetrados en el pasado, lo cual ha sido uno de los pilares de este análisis. Me conmocionan de manera profunda las imágenes de los muertos por la explosión atómica en Hiroshima y Nagasaki en las mañanas del 6 y el 9 de agosto de 1945, respectivamente. La bomba de uranio utilizada en Hiroshima y la de plutonio usada en Nagasaki causaron de inmediato entre 100,000 y 200,000 muertos, y muchos más sufrieron y murieron en las décadas siguientes como resultado de la radiación.

¿Cómo pudo un país al parecer civilizado justificar el asesinato en masa de civiles inocentes (no identificados como combatientes) como un acto legítimo de guerra? Todavía me pregunto si no hubiera sido igualmente efectivo haber invitado a los dirigentes japoneses a una demostración de la naturaleza destructiva de estas nuevas armas de destrucción masiva mediante su detonación en una isla desierta en el Pacífico para, de ese modo, poner fin a la guerra de inmediato. De nuevo, no es posible acudir al quid pro quo como explicación que absuelva a Al Qaeda por haber utilizado aviones civiles el 11 de septiembre de 2001 como bombas para atacar a Estados Unidos y destruir sus símbolos de poder (el mercado, a través de la figura del World Trade Center, las Fuerzas Armadas, mediante la figura del Pentágono, y el objetivo del único avión que no llegó a su destino, el poder político, materializado en la figura de la Casa Blanca).

Aún más, no dudamos en reconocer rápida y claramente ciertos actos como opresivos, de explotación, etcétera, al compararlos con otros actos que, una vez se demuestra de manera firme y documentada que ocurrieron, podrían ser perdonados desde una perspectiva epistemológica, cultural y moral; por ejemplo, constituye una evidente atrocidad lo que hizo el individuo que mató a cuatro miembros de una familia en Florida hace escasas semanas con la intención de secuestrar a los dos hijos más jóvenes y mantener relaciones sexuales con ellos. Éstos son los casos en los cuales la Biblia habla de “ojo por ojo”, casos que atentan contra la convivencia a un nivel tal de maldad real e irredimible desde un punto de vista bíblico que la propuesta del ojo por ojo se considera como camino para lograr la justicia.

Habiendo experimentado formas de discriminación, opresión, explotación y dominación, o al menos habiendo adquirido la comprensión conceptual (lo cual es, por lo general, muy diferente aunque sí guarda relación con la experiencia práctica propia de las más arriba mencionadas prácticas no éticas o moralmente incorrectas), podemos entender que todas ellas tienen en común al menos una falta de amor y de compasión y el anhelo de alcanzar el interés individual (o el autopercibido interés colectivo) a riesgo de poner en peligro la convivencia y la decencia básica y esencial humana. En términos de finalidad, el desarrollo posterior a la Segunda Guerra Mundial de la noción de derechos humanos constituye una suerte de umbral básico, aunque mejorable y por consiguiente en continuo desarrollo, esto es, un conjunto de principios mínimos a partir de los cuales defender la dignidad humana y que trascienden las fronteras nacionales, étnicas y culturales. En ese sentido, los derechos humanos devienen en un fin universal, internacional y moral.

Sin duda, uno puede considerar las nociones de opresor y oprimido como “etiquetas” válidas para describir la normativa real implicada en el análisis. Deberíamos evitar ser opresores y dominar a otras personas por medio de elementos como la fuerza física, la manipulación de las narrativas, las posiciones de autoridad, etcétera. Deberíamos evitar toda opresión, explotación, dominación o discriminación hacia los demás. Éstos son los fundamentos normativos de la propuesta freireana.

Por supuesto, esta proposición normativa abre una segunda ronda de discusión ética acerca de qué es dominar u oprimir a otras personas; por ejemplo, cuál debiera ser el salario justo que habría que pagar a una persona por ser trabajador/a doméstico/a en California, o hasta qué punto se puede juzgar el hecho de que un Estado como es el judío, que ha sido construido por y en nombre de los descendientes de aquellos que fueron histórica y severamente perseguidos o que fueron víctimas del Holocausto, haya perpetrado, de manera sistemática y constatable, actuaciones ilegales e inmorales en términos éticos a nivel internacional contra el pueblo palestino o libanés.

El episodio más reciente ocurrido en el Líbano ha mostrado cómo el ejército del Estado de Israel ha tratado como combatientes enemigos a la totalidad de ciudadanos y residentes libaneses sin discriminación alguna entre los efectivamente combatientes y los no combatientes. Uno no podría, sin embargo, sostener que el hecho de que Hezbollah lanzara misiles contra las poblaciones del norte de Israel debería considerarse como un acto quid pro quo. Hezbollah no es una nación-Estado, por lo cual es importante distinguir entre los combatientes de Hezbollah, sus simpatizantes y los civiles inocentes. La mayor parte de respuestas a estas cuestiones morales se dan, y deben darse, a través de un modelo contractual de intercambios o mediante leyes nacionales e internacionales, que también constituyen un ejemplo de modelo contractual.

No quiero discutir acerca del hecho de que esta cuestión de la opresión supone, sin duda, una elección, y además muy compleja, porque en un intento por satisfacer sus propios intereses, la gente ha tratado de justificar ciertas prácticas o políticas, desde mi punto de vista, moralmente inaceptables (por ejemplo, la esclavitud, la segregación, el apartheid), aduciendo que resultan apropiadas desde el punto de vista de la acumulación del capital o desde la perspectiva de las creencias religiosas (recuerden que el argumento de que los afrikaans habían sido elegidos por Dios para guiar Sudáfrica se utilizó como base epistemológica del apartheid y que el hecho de que lucharan con los británicos y ganaran constituía una prueba de que eran un pueblo elegido). Según esto, considerar que aquellos que han sido convertidos en esclavos son seres humanos inferiores hace que resulte razonable que sean ellos quienes trabajen en nuestras plantaciones y hagan posible, de ese modo, que veamos incrementada nuestra riqueza, que produzcamos bienes más baratos para la sociedad, que ayudemos a nuestros hijos a ser mejores personas, etcétera. Vale la pena recordar la discusión que se produjo en la teología medieval española a propósito de la utilización de los pueblos indígenas en las colonias americanas como siervos y semiesclavos. El debate lógico-teológico consistió en si los indios tenían o no alma y, en ese sentido, si estaban sujetos a la gracia de Dios o eran simplemente animales.

Una de las ventajas que presentan las formas civilizadas de convivencia es la posibilidad de resolver las diferencias a través de formas racionales de compromiso, además del hecho de que se sienta la necesidad de evitar esas maneras obscenas y perversas de relaciones sociales, que todavía existen en la actualidad, propias de opresores que practican formas neocoloniales de esclavitud (considérese la esclavitud manifiesta, la venta de niños para que mendiguen, el tráfico de mujeres para que ejerzan de prostitutas, etcétera).

No obstante, todos sabemos que estas atrocidades han sido parte de la historia humana, que siguen siendo parte de la historia y que sus consecuencias no alcanzan solamente a las personas implicadas, de una manera individual e inmediata, sino que tendrán efectos a largo plazo sobre los cimientos sociales e incluso morales de las sociedades involucradas, aun cuando se pretenda ignorar lo sucedido. Abundan los ejemplos de este tipo de amnesia histórica; piensen, por ejemplo, la falta de interés en Japón por cuestionar la actitud de los soldados japoneses que utilizaron a las mujeres coreanas como esclavas sexuales durante la Segunda Guerra Mundial, o el hecho de que en Estados Unidos los hombres más acaudalados lograran crear fundaciones para limpiar sus nombres y los pecados cometidos a lo largo del proceso de acumulación de capital. Para mí, no hay ninguna duda acerca de que fueron Andrew Mellon y su socio operador en la industria del acero, Henry Clay Frick, los responsables de que se reprimiera y se matara con brutalidad a muchos de sus trabajadores con el objetivo de terminar con la huelga que se llevó a cabo en el Mill Homestead. A pesar de ello, todavía hay académicos progresistas que continúan peregrinando a la Fundación Mellon en busca de fortuna.

Las bases analíticas de la propuesta de Freire, Albert Memmi, Frants Fanon, Erich Fromm, etcétera, consisten en que la dialéctica entre opresor y oprimido “señala” posibles puntos de inflexión que están profundamente integrados en nuestro inconsciente. Podemos ir y venir entre “experimentar” y utilizar estas dos categorías, teniendo en cuenta que reflejan tanto las restricciones de las estructuras sociales como las posibilidades y limitaciones de la agencia social. Cualquiera que haya profundizado en el psicoanálisis sabe que a cada uno de nosotros le aguarda un largo camino antes de comprender y controlar sus deseos, sus miedos, sus traumas arraigados en la infancia, etcétera. No debe extrañarnos que Freire hable de la existencia de un opresor en el interior de cada oprimido o lo que en mis propios escritos sobre Freire he denominado “conciencia dual”.

Es precisamente la fluidez de estas dos categorías, su adaptabilidad, la naturaleza normativa y analítica de sus puntos fuertes y sus fundamentos psicoanalíticos lo que las hacen tan persistentes. Freire era muy intuitivo, lo cual constituye un valor esencial para el análisis social. Su autenticidad reside especialmente en su “capacidad de comprensión” y en la síntesis que ha significado todo un referente que guía nuestro análisis. Esto explica en parte por qué un libro como Pedagogía del oprimido haya sido y siga siendo tan importante hoy.

Freire fue un ávido lector de los clásicos, además de un gran observador, con una perseverancia tremenda e imaginativa y un sentido poético de su propia realidad. Todo ello ayuda a explicar la capacidad que demostró para, por medio de su inteligencia y su intuición, profundizar en una de las áreas más difíciles y controvertidas de las ciencias sociales: dio cuenta de los elementos que dan forma a una personalidad autoritaria (o su extensión práctica, la educación bancaria); nos proporcionó categorías de análisis, una epistemología de la curiosidad y un acicate espiritual para luchar. Todas sus aportaciones han perdurado lo suficiente como para servir como puntos de partida y guías de análisis de valor incalculable.


1 Texto original de una carta abierta a mis estudiantes en Educación y política, otoño de 2006. Traducción a cargo del doctor Víctor Soler Penadés.