Presentación

Construyendo la educación para el futuro: resistencia y transformación

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso

Las escuelas en el mundo no corresponden a la diversidad contenida en él; un aula en el rincón más apartado de la Tierra es el escenario de la misma puesta en escena que una ubicada en los grandes centros cosmopolitas. Si bien esta escuela apartada enfrenta una situación difícil, eso sí, siempre está aspirando a aquel ejemplo distante de lo que es educar, reproduciendo, así, la idea de la linealidad del progreso y de construcción de humanidad. Esta linealidad ha atrapado el complejo reto de la edificación de lo humano y ha reducido la inconmensurable experiencia de vida de muchas personas representadas en infinidad de culturas, paisajes, sabores, colores, memorias, rituales, etcétera, en una institucionalidad educativa que la somete a poco más que ciertos conocimientos y certificados que “preparan” a la gente para ser “buenos ciudadanos”.

Ivan Illich, sin duda, fue un visionario y uno de los críticos más radicales de la educación institucional; mostró su enorme desencanto por ver transformada la experiencia vital del aprendizaje en una actividad cognitiva programada y manipulada. La metáfora del dinosaurio de Augusto Monterroso describe con claridad la crisis de esta institucionalidad, al ser incapaz de reconocer las profundas contradicciones que ha creado al separar la educación de la vida cotidiana y arrogarse el derecho sistemático de formación de humanidad desde una perspectiva eficientista y mercantilista.

A la vez, y de manera aparentemente contradictoria, muchos nos sentimos afortunados de haber participado en la escolarización y hasta formación universitaria, y reconocemos, incluso, que esta educación nos ha permitido ser lo que ahora somos, tener lo que tenemos y hacer lo que hacemos. Sin embargo, visto en una perspectiva más amplia, es decir, más allá de nuestra propia vida, tendríamos que admitir que estamos como sociedad enfrentando lo que se puede llamar una crisis “civilizatoria”, que tiene sus expresiones más “puras” en la amenaza ambiental que vivimos, por un lado, y el aumento de los sinsentidos, enajenaciones y pobrezas múltiples, por el otro.

Igual podríamos pensar que no podemos atribuir estos males a la educación, pero es evidente que la escuela tiene parte de la responsabilidad de esta problemática, ya que es uno de los espacios donde el sujeto moderno es, como diría Foucault, “producido”. Este mismo sujeto “producido” se mueve desde una compulsión por el consumo o una incapacidad de aceptación de lo diverso, inmerso en sus automatismos y la negación de su animalidad y abandono de su espiritualidad. Asimismo, asistimos a la fragmentación brutal de nuestros cuerpos, emociones, pensamientos, sentimientos e identidades. No es casualidad que gran parte de lo que somos, de lo que nos pasa, resulta ser un “estorbo” en el contexto escolar y frente al proyecto de educar. Paradójicamente, nos educamos, o nos educan, para “ser alguien en la vida”, pero en este mismo gesto no se permite nuestra humanidad en su conjunto, en especial en su sentido organísmico-espiritual y no “civilizado”.

La caricatura que escogimos para la portada de este número, el pupitre (cuadrado, incómodo y seminatural), está siendo subvertido por un retoño que se puede entender como una posibilidad vital. Es una imagen de esperanza, de transmutación y de la cualidad indomable de la vida misma. Son los “retoños” de la educación que nos interesa reconocer y analizar en este número, como brotes de mundos paralelos. Desde nuestra perspectiva, uno de los más importantes aportes ha sido la apuesta de la Unesco en 1994 a favor de los cuatro pilares de la educación. Estos principios básicos educativos del conocer, ser, hacer y convivir en el mundo nos planteaban la necesidad de construir una educación desde una perspectiva integral, intercultural y humanista.

A pesar de la importancia de la Unesco en el concierto internacional, su evocación de una educación integradora sigue operando a nivel teórico, mientras que el lema de los gobernantes para educar el mundo entero ha sido más escuelas y más saber y no escuelas y saberes diferentes. Esta realidad de la resistencia al cambio también está representada en la misma caricatura, ya que vemos dos cosas en ella que nos hablan de esta realidad. En primer lugar, lo supuestamente nuevo nace de lo viejo (ver aquí todas las reformas educativas que no terminan nunca de cambiar de modo sustantivo la educación); en segundo lugar, el niño se mantiene atrás del escritorio (igual que los estudiantes del mundo).

Frustrados con los discursos estatales del cambio, en Chiapas, México, donde vivimos y trabajamos, el movimiento zapatista de 1994 incluyó a la escuela como uno de los blancos de su insurrección sociopolítica. Después de tantos años en que las comunidades rurales solicitaban la llegada de la escuela y los docentes oficiales, estos mismos fueron expulsados de los pueblos y reemplazados por las escuelas zapatistas. La crítica central de este movimiento indígena ubica a la escuela como un mecanismo de inclusión-exclusión que genera una contradicción compleja, ya que es un derecho universal que pasa a ser, al mismo tiempo, un instrumento de negación de pueblos y comunidades frente al peso del discurso de la modernidad contenido en su currículo y estrategias formativas.

Si bien la acción zapatista fue rotunda, en otras partes del mundo el discurso escolar encuentra otras contestaciones más matizadas. En Estados Unidos de Norteamérica y en el Reino Unido, por ejemplo, se han visto movimientos de padres que rechazan los mecanismos y cultura que sujeta a sus hijos a examinaciones constantes en nombre de la transparencia y el control de calidad. En México, también los exámenes estandarizados han sido criticados apelando a la discriminación que contienen hacia los pueblos indígenas. En muchos lados, encontramos escuelas, docentes y padres de familia que están tratando de hacer cosas diferentes. Justo antes de escribir esta introducción, leímos en un periódico sobre una escuela alemana que ha abandonado los exámenes para estudiantes menores de quince años, así como el “horario” escolar con todo el bagaje curricular que va de la mano. Este “experimento” (aparentemente exitoso), con la libertad y responsabilidad del estudiante, nos presenta un sujeto de la educación muy diferente a aquel estudiante que tiene que responder “a ciegas” a las condiciones programáticas de su entorno. El primer estudiante “libre” es confiable en alguna medida; el estudiante “acorralado” no merece confianza, o muy poca.

Nuestra esperanza en este número de Sinéctica es reunir ejemplos del poder de la educación de repensarse, romper los moldes y salir por la tangente. Esperamos, también, comprobar que es posible ir más allá de la crítica de la educación para llegar a proponer alternativas cuyas existencias son no sólo una crítica de lo que hay, sino que ofrecen un camino a lo que podría ser, es decir, un futuro para la educación que es diferente a lo que ya tenemos.

Antonio Saldívar Moreno y Charles Keck

El Colegio de la Frontera Sur