ISSN: 2007-7033 | Núm. 67 | e1826 | Sección temática: artículos de investigación

Apoyo social informal, violencia de género y
salud mental en estudiantes universitarias

Informal social support, gender-based violence, and
mental health among female university students

María de Monsserrat López-Moreno*
Lidia Karina Macías-Esparza**

La violencia de pareja basada en el género afecta la salud mental de las mujeres y constituye un problema para las instituciones de educación superior. Este estudio identificó el apoyo solicitado por estudiantes universitarias que experimentaron violencia de pareja y analizó las respuestas de sus redes de apoyo informal. Se empleó un diseño mixto secuencial CuantCUAL con predominio cualitativo. Participaron diez estudiantes del Centro Universitario de la Ciénega y nueve integrantes de sus redes de apoyo social informal (N=19). Se aplicaron el Index of Spouse Abuse, la escala multidimensional de apoyo social percibido y entrevistas semiestructuradas. Las estudiantes recurrieron a amistades universitarias y solicitaron apoyo emocional. Se identificaron respuestas facilitadoras, obstaculizadoras y mixtas. La escucha, la validación y el acompañamiento favorecieron el reconocimiento de la violencia y la búsqueda de recursos. La culpabilización, minimización, presión y retirada del apoyo incrementaron el aislamiento y el malestar. Quienes brindaron ayuda expresaron incertidumbre y desgaste, lo que sustenta la propuesta de redes de apoyo de segundo orden. Se concluye que fortalecer y articular las redes informales con servicios institucionales puede ampliar las estrategias universitarias de prevención de la violencia y cuidado comunitario de la salud mental.

Palabras clave:

violencia basada en el género, apoyo social informal, salud mental, estudiantes universitarias, política institucional

Gender-based intimate partner violence affects women’s mental health and constitutes a challenge for higher education institutions. This study identified the types of support sought by female university students who had experienced intimate partner violence and analyzed the responses of their informal support networks. A sequential mixed-methods quan→QUAL design with qualitative priority was employed. Participants included ten students from the Centro Universitario de la Ciénega and nine members of their informal social support networks (N = 19). The Index of Spouse Abuse, the Multidimensional Scale of Perceived Social Support, and semi-structured interviews were used. The students primarily turned to university friends and sought emotional support. Three types of responses were identified: facilitating, hindering, and mixed. Listening, validation, and accompaniment helped participants recognize the violence and seek additional resources. Blaming, minimization, pressure, and withdrawal of support were associated with greater isolation and distress. Those providing support expressed uncertainty and emotional strain, supporting the proposal of second-order support networks. The study concludes that strengthening informal networks and coordinating them with institutional services may broaden university strategies for violence prevention and community-based mental health care.

Keywords:

gender-based violence, informal social support, mental health, female college students, institutional policies

Recibido: 10 de enero de 2026 | Aceptado para su publicación: 17 de julio de 2026 |

Publicado: 3 de septiembre de 2026

Cómo citar: López-Moreno, M. M. y Macías-Esparza, L. K. (2026). Apoyo social informal, violencia de género y salud mental en estudiantes universitarias. Sinéctica, Revista Electrónica de Educación, (67), e1826. https://doi.org/10.31391/CESB3934

* Maestra en Psicología con orientación en Psicología Social por la Universidad de Guadalajara. Profesora y primer contacto en atención a la violencia de género en el Centro Universitario de la Ciénega de la Universidad de Guadalajara. Línea de investigación: violencia basada en el género y redes de apoyo social. Correo electrónico: mmonserrat.lopez@academicos.udg.mx/https://orcid.org/0009-0008-6480-5146

** Doctora en Psicología Clínica y de la Salud por la Universidad de Barcelona. Profesora-investigadora en el Centro Universitario de la Ciénega de la Universidad de Guadalajara. Miembro del SIN, nivel II. Líneas de investigación: violencia basada en el género, el apoyo social y la salud mental. Correo electrónico: lidia.macias@academicos.udg.mx/https://orcid.org/0000-0003-3300-4246

Introducción

La violencia de pareja constituye una de las expresiones más frecuentes de la violencia basada en el género (también llamada violencia de género o por razón de género) y representa un importante problema de salud pública y de derechos humanos. Aunque en la literatura los conceptos “violencia basada en el género” y “violencia contra las mujeres” suelen utilizarse en forma indistinta, en este trabajo empleamos el término “violencia basada en el género” porque destaca que estas violencias tienen su origen en relaciones desiguales de poder y normas de género. Las instituciones de educación superior (IES) no son ajenas a esta problemática; por el contrario, las relaciones de violencia también se desarrollan en los contextos universitarios y originan impactos en la salud mental del estudiantado.

La evidencia nacional (Instituto Nacional de Estadística y Geografía [INEGI], 2024) e internacional (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2021) muestra que una proporción importante de mujeres ha experimentado violencia por parte de su pareja. En México, el 39.9% de las mujeres de 15 años y más reportó haber experimentado violencia por parte de su pareja a lo largo de la relación (INEGI, 2024). A nivel mundial, se estima que el 27% de las mujeres de 15 a 49 años que han tenido pareja ha experimentado violencia física o sexual por parte de una pareja íntima al menos una vez en su vida (OMS, 2021). Entre las adolescentes de 15 a 19 años que han tenido pareja, la prevalencia mundial de violencia física o sexual por parte de la pareja se estima en 24% a lo largo de la vida y en 16% durante el último año (Sardinha et al., 2024). Al mismo tiempo, el ingreso a la universidad coincide con una etapa del ciclo vital particularmente sensible para la aparición de problemas de salud mental, la construcción de relaciones erótico-afectivas y la consolidación de la identidad (Cuijpers et al., 2019; Mason et al., 2025).

Asimismo, diversos estudios han documentado que la violencia de pareja se asocia con problemas de salud física y mental, entre ellos depresión, ansiedad, estrés postraumático, consumo problemático de sustancias, alteraciones del sueño, problemas de la conducta alimentaria y conducta suicida (Amor et al., 2002; Blanco et al., 2004; García-Moreno y Stöckl, 2017; OMS, 2003, 2005; Plazaola-Castaño y Pérez, 2004; Ponte-González et al., 2023; Tourné et al., 2024). En consecuencia, la violencia de género, en particular la ejercida por la pareja, representa también un desafío para las IES en materia de salud mental.

En los últimos años, la investigación y las intervenciones sobre violencia de género y salud mental han experimentado un cambio de enfoque; cada vez más estudios se centran en comprender las condiciones sociales y relacionales que favorecen los procesos de recuperación y bienestar de las mujeres que han experimentado relaciones de violencia. Desde esta perspectiva, la salud mental deja de entenderse únicamente como la ausencia de psicopatología y pasa a concebirse como un proceso que se construye en interacción con los recursos comunitarios y los denominados determinantes sociales de la salud mental.

Dentro de este marco, el apoyo social informal ha adquirido especial relevancia como recurso de protección frente a las consecuencias de la violencia de pareja. Diversos estudios han mostrado que la calidad de las respuestas recibidas al revelar la violencia puede facilitar el reconocimiento de la situación de abuso, disminuir el aislamiento, fortalecer los recursos de afrontamiento y favorecer la búsqueda de ayuda. Por el contrario, las respuestas caracterizadas por la culpabilización, la invalidación, la minimización o el cuestionamiento de la experiencia pueden intensificar el malestar psicológico, reforzar el aislamiento y dificultar los procesos de recuperación.

En este sentido, el apoyo proveniente de familiares, amistades y otras personas cercanas se ha relacionado con mejores indicadores de salud mental y bienestar entre quienes han experimentado violencia de pareja (Bloom et al., 2023; Cho et al., 2025; Laz-Figueroa et al., 2025; Pir et al., 2023; Tostado-Calvo et al., 2024; Vicary et al., 2025a, 2025b). En consecuencia, las redes de apoyo no constituyen únicamente un contexto en el que ocurre la revelación de la violencia, sino un componente que puede favorecer o dificultar la recuperación y la reconstrucción del bienestar psicológico de las mujeres y, por ende, de su salud mental.

Esta perspectiva resulta pertinente en el contexto universitario, ya que la etapa universitaria representa un periodo relevante para la salud mental, pues coincide con una etapa del desarrollo en la que existe una elevada vulnerabilidad a la aparición o persistencia de problemas de salud mental (Bruffaerts, 2026; Cuijpers et al., 2019; Hyseni Duraku et al., 2024). Además, durante esta etapa las relaciones afectivas adquieren especial relevancia para el desarrollo y el bienestar psicológico, sobre todo en la adultez emergente, por lo que la calidad de estas relaciones puede constituir un factor importante para la salud mental de las mujeres jóvenes.

La violencia de género constituye un problema documentado en las IES mexicanas. Frías (2026), con base en el análisis de datos de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2021, encontró que el 19.5% de las estudiantes universitarias había experimentado alguna forma de acoso u hostigamiento sexual durante el último año. De manera complementaria, el componente cualitativo de su investigación incorporó información de estudiantes pertenecientes a 42 universidades públicas y privadas del país.

Aunque las IES han desarrollado diversos mecanismos para atender la violencia de género, persisten desafíos importantes para garantizar respuestas oportunas y adecuadas. En este contexto, la Red Nacional de Instituciones de Educación Superior (2021) elaboró el modelo para la atención de la violencia de género en IES, posteriormente entregado a la Secretaría General Ejecutiva de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior para su difusión. El modelo, elaborado a partir de la revisión de 20 protocolos universitarios, constituye un referente para el desarrollo de protocolos integrales de atención, orientación y acompañamiento ante casos de violencia de género.

En este contexto, las IES presentan características que las distinguen de otros espacios comunitarios. La convivencia cotidiana entre estudiantes, las relaciones constantes con pares y profesorado, así como las unidades de igualdad y los protocolos institucionales pueden ofrecer oportunidades específicas para la prevención, la identificación, la canalización y el acompañamiento de las estudiantes que experimentan violencia de género.

En consonancia con ello, la Ley General de Educación Superior establece que las IES promoverán medidas para la prevención y atención de los distintos tipos y modalidades de violencia, en particular la violencia de género. Asimismo, prevé la emisión de diagnósticos, programas y protocolos para la prevención, atención, sanción y erradicación de la violencia, en especial la ejercida contra las mujeres, como parte de las acciones orientadas a garantizar el pleno ejercicio del derecho a la educación superior (Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión, 2021).

Por otro lado, existe evidencia de que el apoyo social constituye un recurso importante para reducir el impacto y las secuelas de la violencia de pareja. En este trabajo, el apoyo social se entiende como la percepción de que existen recursos sociales disponibles a los que se puede recurrir en caso de necesitar ayuda (Gottlieb y Bergen, 2010). En este sentido, el apoyo social puede actuar como un factor de protección que amortigua el impacto de la violencia de pareja y se relaciona con mejores condiciones de salud física y mental y con los procesos de recuperación de las mujeres que la han experimentado (Beeble et al., 2008; Bellot et al., 2022; Coker et al., 2003; Davies et al., 2023; Dias et al., 2020; Edwards et al., 2015; Edwards y Dardis, 2020; Estrada et al., 2012; Ghoshal et al., 2023; Melgar-Alcantud et al., 2021; Ogbe et al., 2020; Plazaola-Castaño et al., 2008; Plazaola-Castaño y Pérez, 2004; Sylaska y Edwards, 2014; Wadji y Langevin, 2024; Wright, 2015).

La literatura científica señala que las mujeres que experimentan violencia de pareja recurren con frecuencia a distintas fuentes de ayuda para reconocer la situación de violencia, afrontarla y, en algunos casos, poner fin a la relación, siendo las redes de apoyo social informal, como familiares y amistades, una de las principales fuentes a las que acuden (Ansara y Hindin, 2010; Johnson y Belenko, 2021; Latta y Goodman, 2011; Schucan et al., 2022, 2024a, 2024b; Wachter et al., 2021). Diversos estudios han documentado que las mujeres suelen revelar la violencia a personas de su entorno cercano (familiares, amistades, colegas o vecinos) y que las fuentes informales desempeñan un papel relevante en los procesos de búsqueda de ayuda, con frecuencia antes de recurrir a servicios formales (Ansara y Hindin, 2010; Johnson y Belenko, 2021; Melgar et al., 2021; López-Moreno, 2026; Macías-Esparza et al., 2021, 2023).

En particular, se considera que la percepción de que el apoyo está disponible cuando se necesita (apoyo social percibido) se asocia de manera más consistente con el bienestar y la salud que la ayuda efectivamente recibida (apoyo social recibido). Aunque ambos conceptos están relacionados, no son equivalentes, ya que una persona puede percibir que cuenta con apoyo aun cuando no haya necesitado o recibido ayuda concreta. Asimismo, la evidencia sobre los efectos del apoyo recibido es menos consistente, pues sus beneficios pueden depender de factores como el tipo de ayuda, el momento en que se proporciona y las necesidades de quien la recibe (Haber et al., 2007; Helgeson, 1993; Nurullah, 2012).

En la literatura se ha asumido con frecuencia que existe una asociación positiva entre el apoyo social y el bienestar, bajo la consideración de que el apoyo disponible y recibido resulta beneficioso; sin embargo, esto no siempre ocurre. La evidencia muestra que la manera en que las amistades, familiares y otras personas significativas reaccionan ante la revelación de una experiencia de violencia constituye un factor relevante que puede favorecer o dificultar el bienestar psicológico y la salud mental de las víctimas (Dworkin et al., 2019; Edwards et al., 2015; Ullman, 2023). En efecto, el apoyo social recibido puede no resultar beneficioso en determinadas circunstancias e incluso asociarse con efectos negativos, sobre todo cuando la ayuda proporcionada no corresponde con las necesidades o expectativas de quien la recibe. Nurullah (2012) señala que, en algunas ocasiones, el apoyo social instrumental recibido de manera impuesta puede incrementar el estrés y ser percibido como invasivo. Asimismo, ciertas formas de apoyo pueden generar sentimientos de endeudamiento o culpa y representar una amenaza para la autoestima de quien las recibe.

En los casos de mujeres que experimentan violencia de pareja, las redes de apoyo pueden reaccionar con incredulidad ante la revelación, recomendar la continuidad de la relación con el propósito de preservar a la familia o proteger a los hijos, o sugerir que se dé una nueva oportunidad a la relación. En estas circunstancias, el apoyo recibido puede no resultar favorable e incluso dificultar la toma de decisiones y el proceso de recuperación.

Los hallazgos sugieren que las respuestas de las redes de apoyo social informal constituyen un recurso relacional mediante el cual la comunidad universitaria puede contribuir a favorecer o, en algunos casos, obstaculizar los procesos de recuperación de la salud mental de las estudiantes que experimentan violencia de pareja.

A pesar de la importancia de las redes de apoyo social, la investigación disponible sugiere que las mujeres que experimentan violencia de pareja pueden contar con redes de apoyo reducidas y con recursos de apoyo limitados (Kalish y Robins, 2006; Macías-Esparza et al., 2021, 2023; Melgar et al., 2021; Salazar et al., 2021). Estudios previos han identificado, además, que estas redes pueden estar conformadas principalmente por familiares y amistades cercanas y que, aun cuando exista contacto frecuente con sus integrantes, el apoyo recibido puede resultar insuficiente frente a las necesidades de las mujeres.

En este sentido, fortalecer la capacidad de las redes de apoyo informal para ofrecer respuestas empáticas, respetuosas y articuladas con los recursos institucionales puede entenderse como una estrategia de promoción de la salud mental comunitaria. Desde este enfoque, la prevención de la violencia y el cuidado de la salud mental dejan de concebirse como responsabilidades exclusivas de los servicios clínicos y pasan a constituir una tarea compartida por la comunidad universitaria, sin sustituir la atención especializada, sino ampliando las condiciones sociales que pueden favorecer la recuperación, el bienestar y la salud mental del estudiantado de educación superior.

Es importante señalar que nuestro estudio no tuvo como objetivo evaluar directamente indicadores de salud mental ni establecer relaciones causales entre las respuestas de apoyo social y el bienestar psicológico o la salud mental de las participantes. Sin embargo, un amplio cuerpo de evidencia ha documentado con consistencia la estrecha relación entre la calidad del apoyo social, la experiencia de violencia de pareja y los procesos relacionados con la salud mental. Desde esta perspectiva, las respuestas de la red de apoyo social informal identificadas en este estudio adquieren relevancia no solo por su papel en la búsqueda de ayuda, sino también porque representan condiciones relacionales que, de acuerdo con la literatura disponible, pueden favorecer o dificultar los procesos de afrontamiento, recuperación y bienestar psicológico de las mujeres universitarias que experimentan violencia de pareja.

En este contexto, la investigación tiene como objetivo precisar el tipo de apoyo social que solicitan las mujeres que experimentan violencia de pareja e identificar las respuestas de la red de apoyo social informal ante estas situaciones. Los resultados obtenidos pueden aportar conocimiento útil para el diseño de propuestas de intervención sociocomunitaria orientadas a la prevención y atención de las violencias en el ámbito universitario, así como al fortalecimiento de las respuestas de las redes informales y su articulación con los mecanismos institucionales existentes.

Asimismo, este estudio es relevante porque integra la voz de las propias mujeres que experimentan violencia de pareja y la de personas pertenecientes a sus redes de apoyo informal. Si bien existen numerosos estudios que exploran las experiencias de las mujeres, son menos frecuentes las investigaciones que incorporan también la perspectiva de familiares, amistades u otras personas cercanas que les brindan apoyo (Gregory et al., 2016, 2017; Latta y Goodman, 2011). La literatura disponible muestra que la experiencia de quienes conforman estas redes ha recibido menor atención, a pesar del papel que desempeñan en los procesos de búsqueda y provisión de ayuda. En este sentido, nuestra investigación se suma a un campo todavía poco explorado en el contexto mexicano al integrar ambas perspectivas: la de las mujeres que enfrentan violencia y la de integrantes de sus redes de apoyo, lo que puede aportar conocimiento sobre las necesidades de apoyo y las respuestas que se producen ante situaciones de violencia de pareja.

Método

El estudio se llevó a cabo mediante un diseño mixto secuencial CUANCUAL, con predominio cualitativo y alcance exploratorio y descriptivo (Echevarría, 2016). El objetivo fue identificar las respuestas de la red de apoyo social informal ante la petición de ayuda de mujeres universitarias que experimentaron violencia de género ejercida por su pareja.

Los diseños mixtos secuenciales se caracterizan porque los componentes cuantitativo y cualitativo se desarrollan en momentos sucesivos, de manera que los resultados obtenidos en una primera fase pueden constituir un insumo para orientar la siguiente. De acuerdo con la clasificación propuesta por Echevarría (2016), cuando una fase se utiliza para contribuir al desarrollo de la otra, la lógica de integración corresponde a una combinación. En nuestro estudio se empleó un diseño CUANCUAL, ya que la fase cuantitativa antecedió a la cualitativa y orientó su desarrollo, mientras que el componente cualitativo tuvo un peso predominante en la generación e interpretación de los resultados.

En la primera fase se utilizaron instrumentos estandarizados para identificar a las participantes que cumplían con los criterios de inclusión, caracterizar la violencia experimentada mediante el Index of Spouse Abuse y describir el apoyo social percibido a través de la escala multidimensional de apoyo social percibido. Esta información permitió caracterizar la muestra y seleccionar a las participantes de la segunda fase, en la que se entrevistó tanto a las estudiantes que experimentaron violencia como a personas integrantes de sus redes de apoyo social informal. Esto permitió comprender procesos relacionales y significados que los instrumentos cuantitativos, por sí solos, no permitían explicar. Finalmente, ambos componentes se integraron durante la interpretación de los resultados, utilizando la información cuantitativa para contextualizar y enriquecer el análisis cualitativo.

Participantes

El muestreo fue no probabilístico, de tipo intencional y por bola de nieve. Los criterios de inclusión fueron los siguientes:

Muestra 1: mujeres estudiantes universitarias del Centro Universitario de la Ciénega de la Universidad de Guadalajara, residentes en el estado de Jalisco, que hubieran mantenido una relación de pareja heterosexual de al menos un año de duración entre 2022 y 2024 y que, durante dicha relación, hubieran experimentado violencia física, psicológica, sexual, digital o económica.

Muestra 2: personas integrantes de la red de apoyo social informal de las estudiantes que experimentaron violencia de pareja, identificadas por las propias estudiantes como personas que les habían brindado algún tipo de apoyo durante la experiencia de violencia.

Instrumentos

Utilizamos tres fuentes principales de información:

Procedimiento

La investigación se desarrolló en tres fases.

Primera fase: convocatoria y selección de la muestra

La convocatoria se difundió a través de redes sociales mediante una invitación a responder un formulario electrónico que incluía el consentimiento informado, los criterios de inclusión y el cuestionario ISA, de Hudson y McIntosh (1981), en su versión en castellano de Plazaola-Castaño et al. (2006), utilizado para evaluar el tipo y la intensidad de la violencia de pareja. Al finalizar el formulario, se invitaba a las participantes a conocer los resultados del instrumento y a participar en la fase cualitativa del estudio. Para ello, se proporcionaban los datos de contacto del equipo de investigación y se solicitaba a las participantes indicar un medio seguro para establecer comunicación con ellas.

Una vez analizados los datos, se comunicaron los resultados a las participantes que habían proporcionado información de contacto. Durante esta sesión de devolución, se les informaba sobre el tipo y el nivel de violencia identificados mediante el ISA, así como sobre algunos recursos disponibles para afrontar situaciones de violencia. Asimismo, se les invitaba a participar en la siguiente fase del estudio, que consistía en una breve entrevista con ellas y, posteriormente, con una persona integrante de su red de apoyo social informal.

Segunda fase: entrevista a las víctimas

En esta fase se llevaron a cabo entrevistas semiestructuradas, que fueron grabadas en audio con el consentimiento de las participantes. Antes de iniciar la entrevista, se presentó nuevamente el consentimiento informado y se reiteró el carácter voluntario de la participación y la confidencialidad de la información. Se recabaron datos sociodemográficos y sobre la relación de pareja; asimismo, se aplicó la escala multidimensional de apoyo social percibido (Zimet et al., 1988) y se obtuvo información sobre la red de apoyo social informal, así como sobre el tipo de apoyo solicitado y recibido durante la experiencia de violencia de pareja. Las entrevistas se realizaron en espacios que garantizaban la privacidad y la seguridad de las participantes, en concordancia con las recomendaciones éticas para la investigación sobre violencia contra las mujeres de la OMS (2001).

Después de la entrevista, se solicitó a las participantes su colaboración para establecer contacto con una persona integrante de su red de apoyo social informal e invitarla a participar en la tercera fase. Además, se les proporcionó un directorio de instituciones especializadas en la atención de la violencia de género y la salud mental. Una vez que las participantes habían contactado con la persona de su red y esta manifestaba su disposición para participar, se informaba a la investigadora, quien posteriormente se comunicaba con ella para concertar una entrevista.

Tercera fase: entrevista a la red de apoyo social informal

En esta fase se contactó con las personas integrantes de la red de apoyo social informal que habían manifestado su disposición a participar y proporcionado sus datos de contacto. Antes de iniciar la entrevista, se les presentó el consentimiento informado y se reiteró el carácter voluntario de su participación y la confidencialidad de la información. Se indagó en los siguientes temas: datos sociodemográficos, solicitud de ayuda por parte de la participante, tipo de ayuda solicitada, respuesta ante dicha petición, factores que influyeron en la respuesta y dificultades enfrentadas durante el proceso de apoyo. Las entrevistas fueron grabadas en audio con el consentimiento de las personas participantes y se les explicó el procedimiento para el tratamiento y resguardo de la información proporcionada.

Análisis de los datos

Los datos cuantitativos se analizaron mediante el programa estadístico jamovi, mientras que las entrevistas se transcribieron íntegramente y se analizaron con el software ATLAS.ti. Para el análisis de las entrevistas, se desarrolló un sistema de categorías mediante un procedimiento deductivo-inductivo (Mejía, 2011), en el que se partió de categorías previamente definidas a partir del marco teórico y se incorporaron aquellas que emergieron durante el análisis de los datos. El sistema estuvo conformado por 21 códigos: 10 correspondientes a las entrevistas con las mujeres que experimentaron violencia y 11 a las entrevistas con las personas integrantes de la red de apoyo social informal (véase libro de códigos en este link).

El proceso de análisis cualitativo se efectuó de manera iterativa, mediante sucesivos ciclos de lectura, codificación, revisión, refinamiento y recodificación de las entrevistas. La codificación inicial fue realizada por la primera autora, responsable del trabajo de campo, y posteriormente revisada por la segunda autora y por el resto del equipo de investigación. Este proceso permitió revisar y redefinir la asignación de los códigos a partir de ciclos sucesivos de codificación y del análisis colaborativo de los datos, de acuerdo con las estrategias de trabajo en equipo descritas por Rädiker y Kuckartz (2020).

En las sesiones de análisis colaborativo, los segmentos de información y los códigos asignados fueron discutidos conjuntamente hasta alcanzar un consenso respecto de su interpretación y categorización. En estas sesiones participaron las directoras de la investigación y, en algunas ocasiones, las personas lectoras de la tesis durante los coloquios de investigación, cuyas observaciones contribuyeron al refinamiento del sistema de categorías.

Asimismo, se realizó una triangulación de fuentes al contrastar las perspectivas de las mujeres que solicitaron apoyo con las de las personas integrantes de sus redes de apoyo social informal. Este procedimiento permitió identificar convergencias y divergencias en torno al proceso relacional de solicitud y provisión de apoyo.

En este artículo se presentan los resultados correspondientes a cuatro ejes analíticos: personas a quienes las mujeres solicitaron apoyo; tipo de apoyo solicitado; respuestas ofrecidas por la red de apoyo social informal; y necesidades identificadas por las propias redes para brindar apoyo y acompañamiento.

Consideraciones éticas

La investigación siguió las recomendaciones internacionales para estudios sobre violencia contra las mujeres propuestas por la OMS (2001). Todas las personas participantes otorgaron su consentimiento informado; asimismo, se garantizó la confidencialidad de la información y se implementaron medidas orientadas a proteger su seguridad durante el proceso de investigación.

Resultados

Características de la muestra

Tras la difusión de la convocatoria, 83 mujeres respondieron al formulario electrónico de selección. De ellas, 37 cumplieron con los criterios de inclusión y fueron invitadas a participar en la fase cualitativa. Finalmente, diez mujeres aceptaron participar en las entrevistas y autorizaron el contacto con integrantes de su red de apoyo social informal. Posteriormente, se entrevistó a nueve personas pertenecientes a dichas redes; así, la muestra final se conformó de 19 participantes.

Por consiguiente, la muestra estuvo compuesta por diez mujeres que habían experimentado violencia de pareja (n₁ = 10) y nueve personas integrantes de sus redes de apoyo social informal (n₂ = 9), es decir, 19 participantes en total (N = 19). Al momento de las entrevistas, tanto las mujeres como las personas de la red de apoyo tenían entre 19 y 30 años. La relación de estas últimas con las participantes era de amistad o parentesco. En cuanto a la violencia identificada mediante el ISA, seis mujeres reportaron violencia física (ISA-VF) y violencia no física (ISA-VNF), mientras que cuatro reportaron solo violencia no física (ISA-VNF). De las diez mujeres, solo una continuaba en la relación de pareja al momento de la entrevista. Respecto del apoyo social percibido, siete participantes obtuvieron una puntuación media y tres, una puntuación alta en la escala multidimensional de apoyo social percibido (Zimet et al., 1988) (véase la tabla 1).

Tabla 1. Datos sociodemográficos

n

%

Datos de las mujeres víctimas (n= 10)

Edad

19- 25 años

26- 30 años

9

1

90

10

Estado civil

Soltera

10

100

Nivel educativo

Pregrado

Posgrado

9

1

90

10

Puntuación ISA

Con violencia física (ISA VF)

6

60

Sin violencia física (ISA VF)

4

40

Con violencia no física (ISA VNF)

10

100

Sin violencia no física (ISA VNF)

0

0

Puntuación escala multidimensional de apoyo social percibido

Alto apoyo percibido

Medio apoyo percibido

3

7

30

70

Características de la relación de pareja

Duración de la relación

1 a 3 años

4 a 6 años

7

3

70

30

Convivencia

Cohabitaban

No cohabitaban

1

9

10

90

Datos de la pareja que ejercía violencia

Edad

19- 25 años

26- 30 años

31- 35 años

36- 40 años

41- 45 años

46- 50 años

7

1

0

1

0

1

70

10

0

10

0

10

Ocupación

Profesionista

Empleado

Estudiante

2

3

5

20

30

50

Es estudiante del Centro Universitario de la Ciénega

4

40

No

6

60

Datos de la red de apoyo (n=9)

Edad

20- 25 años

26- 30 años

6

3

66.6

33.3

Género

Mujeres

6

66.6

Hombres

3

33.3

Estado civil

Soltera/o

9

100

Ocupación

Estudiantes

Profesionista

Empleado

5

3

1

55.5

33.3

11.1

Tipo de relación

Amistad

Familiar- hermano

8

1

88.8

11.1

Comienza la búsqueda de ayuda

Como parte de la entrevista a las participantes, se les solicitó que mencionaran a las personas a quienes recurrieron cuando comenzaron a experimentar violencia en la relación de pareja. En total, se registraron 50 solicitudes de ayuda, ya que cada participante recurrió a más de una persona durante la experiencia de violencia. Las principales destinatarias fueron las amigas del contexto universitario, quienes concentraron la mitad de las solicitudes de apoyo. En segundo lugar, se recurrió a las madres y, con menor frecuencia, a hermanos, hermanas, amigos varones y otros familiares.

El apoyo solicitado fue predominantemente emocional. Las participantes describieron la necesidad de ser escuchadas, comprendidas y acompañadas, así como de recibir orientación que les permitiera comprender lo que estaba ocurriendo. Estos hallazgos muestran que la red de apoyo informal constituye un espacio relevante al que las mujeres recurren para comprender y afrontar la situación de violencia, antes o a la par a la búsqueda de ayuda profesional.

No todas las respuestas constituyen apoyo

Aunque todas las participantes recurrieron a personas significativas y de confianza, las respuestas recibidas no siempre fueron percibidas como formas de apoyo. A partir del análisis conjunto de las entrevistas con las mujeres y con las personas integrantes de sus redes de apoyo social informal, se identificaron tres grandes tipos de respuesta: facilitadoras, obstaculizadoras y mixtas (véase tabla 2). La clasificación de las respuestas fue realizada por el equipo de investigación a partir de la valoración expresada por las propias participantes respecto de la utilidad del apoyo recibido. De este modo, las categorías de respuesta facilitadora, obstaculizadora o mixta se construyeron considerando la manera en que las participantes interpretaron los efectos de dichas respuestas en su proceso de búsqueda de ayuda.

Las respuestas facilitadoras

Estas respuestas facilitadoras se caracterizaron por la escucha activa, la empatía, la validación emocional y el acompañamiento incondicional, así como por muestras de afecto mediante abrazos y palabras de apoyo, la realización de actividades orientadas a evitar el aislamiento, la ausencia de minimización de la violencia y la disposición para permanecer presentes incluso cuando las participantes decidían continuar con la relación en la que experimentaban violencia. Las redes también proporcionaron información sobre violencia a través de medios digitales, lo que permitió a las participantes mantenerse informadas de manera constante.

Las participantes describieron que este tipo de respuesta les ayudó a comprender la violencia, cuestionar la normalización del maltrato y reconocer la necesidad de buscar otras formas de apoyo. Asimismo, señalaron que estas respuestas les permitieron sentirse acompañadas y con mayor confianza para tomar decisiones respecto de la relación. Las amistades fueron quienes ofrecieron con mayor frecuencia este tipo de apoyo, con 11 respuestas facilitadoras de las 24 solicitudes dirigidas a ellas.

Los siguientes fragmentos de entrevista ilustran algunas de estas respuestas:

Me escucharon, y el haberme escuchado fue como soltar todo lo que tenía guardado, fue como una liberación el que me hayan escuchado, fue lo que me ayudó… y que no fuera una sola vez, fueron varias veces y me escuchaban como si fuera la primera vez que lo volvían a escuchar (víctima 3, entrevista, 2025).

Le había platicado a mi mejor amiga, y ella me había dicho: “Oye, ¿no se te hace que lo que tú viviste es violencia psicológica?” (víctima 1, entrevista, 2025).

La única que nunca me trató mal, fue mi amiga que es de la primaria… las veces que le platicaba lo que pasó, cómo me sentía, ella me escuchaba y me respondía de forma amable (víctima 5, entrevista, 2025).

Mi amiga me ayudó. Esa fue la vez que yo me di cuenta de que eso era violencia…ella me empezó a mandar información. Yo decía: “Es que sí era violencia” (víctima 8, entrevista, 2025).

Estos testimonios muestran que las respuestas facilitadoras no se limitaron a la escucha empática, sino que también les permitieron reconocer la violencia y fortalecer la confianza en sus decisiones, aun cuando las participantes decidían continuar temporalmente con la relación. Asimismo, estas respuestas se asociaron con una menor sensación de aislamiento y con una mayor disposición para recurrir a otros recursos de apoyo.

Respuestas obstaculizadoras

Estas respuestas se caracterizaron por la falta de empatía, la culpabilización y responsabilización de las participantes, la minimización de los actos de violencia, la descalificación de sus decisiones y la presión para terminar de inmediato la relación. Algunas personas de la red de apoyo también retiraron progresivamente su disposición a escuchar cuando observaban que la relación continuaba o condicionaron su apoyo a la terminación de esta. Esta retirada del apoyo fue percibida como una barrera para afrontar la violencia, y las participantes señalaron que este tipo de respuestas se relacionó con sentimientos de culpa, confusión, aislamiento, desesperanza y ansiedad.

Algunos ejemplos de respuestas obstaculizadoras son los siguientes:

Hubo momentos en los que me sentí juzgada, regañada. Me dijeron: “Es que tú permitiste eso” y ese tipo de comentarios a mí me hacían sentir mal, me hacían sentir tonta (víctima 1, entrevista, 2025).

Me decían: “Lo hace porque te quiere, lo hace porque se preocupa por ti, por eso es así de celoso” … apoyaban su idea (víctima 8, entrevista, 2025).

La mayoría de los consejos que me dieron pasaron por alto lo que estaba sintiendo… les fue fácil decir: “¡Ay, ya déjalo!” …, pero ¿qué haces con lo que sientes? (víctima 4, entrevista, 2025).

A diferencia de las respuestas facilitadoras, las obstaculizadoras trasladaron, de manera implícita o explícita, la responsabilidad de la violencia hacia las propias participantes mediante mecanismos de culpabilización, minimización o normalización de la violencia. Este tipo de respuestas se relacionó con una mayor incertidumbre y malestar emocional, así como con una menor confianza en la propia red de apoyo.

Las respuestas mixtas

Entre ambos extremos se identificó un tercer tipo de respuestas que combinaba conductas de apoyo con conductas de rechazo, al que se denominó respuestas mixtas. Estas respuestas se caracterizaron por un momento inicial de disposición a escuchar y apoyar a las participantes; no obstante, con el tiempo, este apoyo podía transformarse en cansancio, distanciamiento y juicio, reduciendo la disponibilidad de ayuda. Este patrón apareció sobre todo entre las madres, aunque también se observó en amistades cercanas. Las mujeres lo describieron como confuso y con efectos percibidos similares a los asociados con las respuestas obstaculizadoras.

Los siguientes fragmentos de entrevista ilustran este tipo de respuestas:

Yo les decía a mis amigos que quería dejarlo… pero volvía a buscarlo… y ya mis amigos ya no me apoyaron como tal, porque decían: “Es que tú vuelves, también te gusta estar ahí” (víctima 3, entrevista, 2025).

Una de mis amigas se desesperó y me dijo: “O sea, es que no me gusta verte ahí y pues yo ya vi que de verdad no hay nada que yo pueda hacer” (víctima 6, entrevista, 2025).

Perdí redes de apoyo importantes… recuperé el apoyo de una tía, pero con la condición de que ya no le platicara nada acerca de esto (víctima 2, entrevista, 2025).

Las respuestas mixtas evidencian una disposición inicial para escuchar; sin embargo, esta no garantiza la continuidad del apoyo. Los hallazgos sugieren que una de las principales dificultades de las redes de apoyo social informal no radica en la falta de disposición inicial para ayudar, sino en la ausencia de recursos para comprender el carácter cíclico de la violencia, identificar sus manifestaciones y sostener procesos de apoyo y acompañamiento libres de juicios. En este sentido, se identificó la necesidad de fortalecer la formación de las redes de apoyo en estos aspectos.

Tabla 2. Solicitudes de apoyo según el vínculo de la persona destinataria

n

%

Personas a las que pidieron apoyo*

Amiga

Mamá

Amigo

Hermana

Tía

Papá

Prima

Hermano

Abuelita

24

9

7

3

2

2

1

1

1

48

18

14

6

4

4

2

2

2

Personas que respondieron a la solicitud de apoyo de manera facilitadora

Amiga

Mamá

Amigo

Hermana

Tía

Papá

Prima

Hermano

Abuelita

11

0

6

0

1

0

0

1

1

22

0

12

0

2

0

0

2

2

Personas que respondieron a la solicitud de apoyo de manera obstaculizadora

Amiga

Mamá

Amigo

Hermana

Tía

Papá

Prima

Hermano

Abuelita

10

5

0

3

0

2

0

0

0

20

10

0

6

0

4

0

0

0

Personas que respondieron a la solicitud de apoyo de manera mixta

Amiga

Mamá

Amigo

Hermana

Tía

Papá

Prima

Hermano

Abuelita

3

4

1

0

1

0

1

0

0

6

8

2

0

2

0

2

0

0


* El número de solicitudes supera al de participantes, ya que cada una recurrió a más de

Una red para la red: redes de apoyo de segundo orden

Uno de los hallazgos más relevantes del estudio surgió al analizar las experiencias y necesidades de quienes brindaban ayuda. Aunque la mayoría de las personas de la red consideró haber actuado de buena fe y de la mejor manera posible, prácticamente todas expresaron incertidumbre acerca de la efectividad de sus respuestas. Al solicitarles que valoraran el apoyo brindado, las nueve personas entrevistadas lo evaluaron de forma positiva; no obstante, manifestaron dudas sobre su utilidad cuando las mujeres continuaban con sus parejas. Estos resultados sugieren que la efectividad del apoyo puede ser valorada por las propias redes en función de que la mujer termine la relación. En consecuencia, la permanencia en la relación puede ser interpretada como un fracaso del apoyo brindado, lo que podría disminuir la disposición de la red para responder ante futuras solicitudes de ayuda.

Según su experiencia, acompañar a una persona que experimenta violencia implicó importantes demandas emocionales para quienes integraban la red de apoyo, pues manifestaron dificultades para comprender el proceso de violencia, miedo a decir algo inadecuado, dudas sobre cómo intervenir y preocupación por empeorar la situación o propiciar situaciones de riesgo. Como consecuencia, algunas personas recurrieron a otras personas de confianza, familiares o incluso a sus propios psicoterapeutas para solicitar información y orientación sobre cómo acompañar y responder de mejor manera. A este fenómeno observado se le denominó “la red de la red”, en referencia a las redes de apoyo a las que recurren quienes, a su vez, brindan apoyo a las mujeres que experimentan violencia.

Lo anterior sugiere que las redes de apoyo no solo constituyen un recurso para las mujeres que experimentan violencia, sino que sus propios integrantes se encuentran inmersos en un entramado social más amplio de ayuda. Desde esta perspectiva, el apoyo social puede entenderse como una capacidad comunitaria que también necesita ser fortalecida y, en el caso que nos ocupa, como un recurso relevante para la promoción de la salud mental en contextos universitarios.

Discusión

El estudio tuvo como objetivo identificar el tipo de apoyo social informal que solicitan y reciben las mujeres universitarias que experimentaron violencia de pareja, así como las respuestas proporcionadas por las personas integrantes de sus redes de apoyo, incorporando ambas perspectivas. Además de describir cómo responden las redes de apoyo social informal ante situaciones de violencia de pareja, la principal contribución de este estudio consiste en aportar conocimiento sobre un aspecto poco explorado en el contexto universitario: las condiciones relacionales y comunitarias que pueden favorecer o dificultar los procesos de afrontamiento, recuperación y bienestar psicológico de las estudiantes que experimentan violencia.

Aunque esta investigación no evaluó indicadores clínicos de salud mental, sus resultados, considerados junto con la evidencia empírica disponible, permiten comprender cómo determinadas respuestas ante las solicitudes de apoyo pueden funcionar como recursos protectores o, por el contrario, como condiciones que dificultan el afrontamiento y la recuperación. En este sentido, las respuestas facilitadoras, obstaculizadoras y mixtas identificadas en el estudio muestran distintas formas en que las redes informales pueden incidir en la experiencia de las mujeres.

Estos hallazgos permiten establecer un puente entre las consecuencias psicológicas de la violencia, ampliamente documentadas, y las condiciones sociales y comunitarias que pueden contribuir a favorecer o dificultar los procesos de recuperación. Desde esta perspectiva psicosocial y comunitaria, la salud mental puede comprenderse como un proceso relacionado no solo con características individuales, sino también con la calidad de las relaciones disponibles y con los recursos sociales a los que las personas pueden acceder, en consonancia con el enfoque de los determinantes sociales de la salud mental.

Uno de los principales hallazgos del estudio muestra que la búsqueda de ayuda se realizó fuera de los servicios especializados, ya que las participantes recurrieron inicialmente a sus redes de apoyo social informal, sobre todo a amistades del contexto universitario y, en menor medida, a familiares, antes de considerar recursos institucionales, ya fueran universitarios o externos. Estos resultados coinciden con investigaciones realizadas en distintos contextos culturales, en las que se ha identificado la relevancia de familiares, amistades y otras fuentes informales en los procesos iniciales de búsqueda de ayuda (Ansara y Hindin, 2010; Johnson y Belenko, 2021; Melgar-Alcantud et al., 2021; Melgar et al., 2021; Schucan et al., 2022, 2024a, 2024b; Vicary et al., 2025a, 2025b). En este sentido, los hallazgos sugieren que la búsqueda inicial de ayuda posee un importante componente relacional.

Este resultado es relevante para la promoción de la salud mental en el contexto universitario, ya que muestra que las amistades universitarias pueden constituir una de las primeras fuentes a las que se recurre para comprender la experiencia, validarla y ampliar la búsqueda de ayuda. Por ello, las respuestas de estas redes pueden favorecer o dificultar el acceso posterior a otros recursos de apoyo. Esto convierte a las redes informales en un recurso relevante para las universidades, no solo para favorecer la identificación temprana de situaciones de violencia, sino también para generar condiciones relacionales que disminuyan el aislamiento y faciliten el acceso a ayuda especializada.

Otro hallazgo por destacar es que no toda respuesta ofrecida por la red constituye de modo necesario una forma de apoyo favorable. Aunque esta afirmación pudiera parecer evidente, la literatura ha mostrado que la relación entre apoyo social y bienestar depende, entre otros aspectos, de la forma concreta en que el apoyo es proporcionado y de su correspondencia con las necesidades de quien lo solicita. En este sentido, los resultados del estudio permiten distinguir entre respuestas facilitadoras, obstaculizadoras y mixtas, lo que contribuye a comprender la heterogeneidad de las respuestas que pueden producirse dentro de las redes informales.

Por tanto, no basta con que las mujeres cuenten con una red de apoyo social amplia; también es importante que sus integrantes dispongan de recursos informativos y relacionales que les permitan responder de manera sensible a las necesidades de quienes experimentan violencia. Desde esta perspectiva, la calidad del apoyo constituye una dimensión que debe considerarse junto con la disponibilidad y amplitud de la red social.

Los resultados permiten ampliar la comprensión del papel que desempeñan las redes de apoyo social informal. Tradicionalmente, dichas redes han sido concebidas como recursos disponibles para las mujeres que experimentan violencia; sin embargo, los hallazgos muestran que quienes brindan apoyo también enfrentan incertidumbre, demandas emocionales y dificultades para responder. Esto sugiere que la capacidad de las redes para proporcionar apoyo no se relaciona solo con la disposición para ayudar y la existencia de relaciones cercanas, sino también con los recursos y conocimientos de sus integrantes para sostener los procesos de acompañamiento.

A partir de este hallazgo, al que en un principio denominamos “la red de la red”, proponemos el concepto de “redes de apoyo de segundo orden”, entendido como el conjunto de conocimientos y recursos institucionales, comunitarios y relacionales orientados a fortalecer a las propias personas que integran las redes de apoyo social informal. Desde esta perspectiva, las amistades, familiares y otras personas significativas no son solo proveedoras espontáneas de ayuda, sino también destinatarias de acciones de orientación, formación, apoyo y acompañamiento.

En este sentido, se plantea que la calidad del apoyo brindado a las mujeres que experimentan violencia no depende en forma exclusiva de las características y capacidades individuales de quienes integran la red, sino también de la existencia de estructuras comunitarias e institucionales que puedan fortalecer sus recursos para acompañar. En consecuencia, la promoción de la salud mental en contextos universitarios implica no solo desarrollar servicios especializados para atender a las mujeres que viven situaciones de violencia, sino también fortalecer capacidades comunitarias que permitan apoyar a quienes a diario constituyen un primer espacio de escucha, validación y cuidado.

Así entendido, el apoyo social informal no constituye un mecanismo de resolución de la violencia, sino un recurso comunitario que puede contribuir a la promoción de la salud mental al favorecer la identificación temprana, disminuir el aislamiento y facilitar la búsqueda de ayuda especializada.

Un aporte distintivo del estudio radica en su diseño metodológico, al incorporar de manera integrada la perspectiva de las personas que buscan apoyo y de quienes lo brindan. Mientras que buena parte de la investigación se ha concentrado en las experiencias y necesidades de las mujeres que experimentan violencia (Ansara y Hindin, 2010; Dias et al., 2019, 2020; Edwards et al., 2015; Johnson y Belenko, 2021; Mennicke et al., 2022; Trotter y Allen, 2009) o en la perspectiva de las redes de apoyo (Bloom et al., 2023; Gregory et al., 2016, 2017; Latta y Goodman, 2011), este trabajo incorpora ambas perspectivas en un mismo proceso analítico. Esta decisión metodológica no constituye únicamente una ampliación de la muestra, sino que permite adoptar un enfoque relacional de análisis, ya que las mujeres y sus redes no se estudian como actores independientes, sino también a partir de las interacciones que se producen en los procesos de solicitud y provisión de apoyo.

Así, al integrar ambas perspectivas, el apoyo social puede comprenderse no únicamente como un recurso disponible desde una perspectiva individual o como un atributo de las redes, sino también como un proceso relacional que se construye en la interacción entre quienes solicitan ayuda y quienes la brindan. Esta aproximación permite generar conocimiento sobre las coincidencias, diferencias y dinámicas presentes entre ambas perspectivas y adquiere especial relevancia para el diseño de intervenciones de carácter comunitario y relacional.

Lo anterior resulta relevante dado que muchas de las estrategias de atención frente a la violencia se han centrado en las personas que la experimentan. No obstante, en los últimos años ha cobrado mayor relevancia el papel de los testigos (bystanders) y de otras personas cercanas como posibles agentes de prevención y apoyo. A pesar de este avance, persiste la necesidad de fortalecer los recursos y orientaciones que permitan a estas personas intervenir de manera segura y responder de manera adecuada ante situaciones de violencia. A partir de los resultados del estudio, se destaca la necesidad de desarrollar intervenciones que articulen los mecanismos institucionales existentes con estrategias comunitarias que incorporen explícitamente a las redes de apoyo social informal.

Limitaciones y futuras líneas de investigación

Si bien este estudio presenta un aporte distintivo al incorporar tanto la voz de las mujeres que han experimentado violencia como la de las personas integrantes de sus redes de apoyo social informal, es pertinente señalar algunas limitaciones. La muestra estuvo conformada por mujeres estudiantes universitarias que habían vivido violencia de pareja, lo que supone características particulares que deben considerarse al interpretar los resultados.

En primer lugar, a diferencia de otros estudios realizados con participantes de contextos comunitarios más amplios, las mujeres de este estudio forman parte de una institución de educación superior y cuentan con recursos institucionales especializados de apoyo, como la Unidad de Igualdad de la Universidad de Guadalajara y su red de Primeros Contactos. Este contexto ofrece condiciones particulares para la prevención y atención de la violencia de género, entre ellas el acceso a información, rutas institucionales de atención y canalización, acciones de sensibilización dirigidas a la comunidad universitaria, capacitación de tutores y profesorado, así como servicios de acompañamiento y atención psicológica derivados de políticas institucionales (Quevedo-Marín y Macías-Esparza, 2023). Estas condiciones pueden diferir de las disponibles para mujeres que experimentan violencia en otros contextos comunitarios, por lo que los resultados deben interpretarse considerando las características específicas del ámbito universitario.

Debido a la naturaleza exploratoria del estudio y al reducido tamaño de la muestra (N = 19), los resultados deben interpretarse con cautela. Las características específicas de la muestra: mujeres jóvenes universitarias, solteras, sin hijos y procedentes de un entorno semiurbano, limitan la transferibilidad de los hallazgos a otras poblaciones y contextos.

Estos hallazgos permiten ampliar la comprensión del papel de las IES en la promoción de la salud mental. Además de ofrecer servicios especializados, las universidades pueden fortalecer la capacidad protectora de las redes de apoyo social informal y desarrollar estrategias comunitarias que complementen la atención institucional.

Conclusiones

Los resultados de este estudio muestran que las estudiantes universitarias participantes solicitaron principalmente apoyo emocional, sobre todo a amigas del contexto universitario y a sus madres. Por su parte, las personas integrantes de las redes informales manifestaron su disposición para ayudar, aunque también expresaron sentimientos de impotencia y dificultades para saber cómo responder ante las situaciones de violencia.

Si bien el estudio no evaluó indicadores clínicos de salud mental ni pretendió establecer relaciones causales entre el apoyo social informal y el bienestar psicológico, sus hallazgos, interpretados a la luz de la evidencia previa, permiten considerar que las respuestas de las redes de apoyo constituyen condiciones relacionales relevantes que pueden favorecer o dificultar los procesos de identificación de la violencia, afrontamiento y recuperación de las mujeres universitarias que la experimentan. En este sentido, el contexto universitario representa un espacio relevante para fortalecer las capacidades de las redes de apoyo social informal como parte de las acciones institucionales y comunitarias orientadas a la prevención de la violencia y la promoción de la salud mental.

El fortalecimiento de las redes de apoyo social informal mediante políticas institucionales integrales representa una oportunidad para que las IES amplíen sus estrategias de prevención y atención de la violencia y de promoción de la salud mental. Los hallazgos sugieren la conveniencia de complementar las medidas existentes, como los mecanismos de atención y sanción y los servicios especializados de salud, con estrategias sociocomunitarias que reconozcan el papel de las relaciones sociales cotidianas como recursos de apoyo y cuidado. En este sentido, avanzar hacia políticas institucionales que articulen la atención especializada con el fortalecimiento de las redes comunitarias puede contribuir a la construcción de comunidades universitarias más seguras y comprometidas con el cuidado colectivo.

Desde el ámbito educativo, estos hallazgos permiten reconocer que la salud mental del estudiantado no se configura solo con base en condiciones individuales, sino también en las relaciones y experiencias que se construyen dentro de la vida universitaria. Las redes de apoyo entre pares, las prácticas de acompañamiento y las respuestas institucionales ante situaciones de violencia forman parte de las condiciones en las que transcurren las trayectorias educativas. En este sentido, fortalecer las capacidades de la comunidad universitaria para reconocer situaciones de violencia, brindar respuestas sensibles y orientar hacia recursos especializados puede integrarse a las acciones de formación integral, tutoría y acompañamiento estudiantil. Así, la promoción de la salud mental puede asumirse también como una responsabilidad educativa e institucional orientada a construir entornos universitarios seguros, inclusivos y capaces de sostener el bienestar y la permanencia de sus estudiantes.

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